el movimiento de los panteras negras que sacudió por aquélla década la conciencia de culpabilidad de la clase media americana por la larga y duradera discriminación racial ha quedado en el olvido como las camisetas para adolescentes del cantante jamaicano Bob Marley que llevaba a todas partes la fuerza musical del Reggae con la denuncia del Apartheid.
Cuando los yankis pisaron la luna nuestro archipiélago estaba silenciado por la represión franquista, apenas había despegado el proceso de especulación urbanística en el sur y las huelgas obreras estaban fraguando un escenario convulso. Apenas había crecido la mecha de las revueltas estudiantiles parisinas y despertado en occidente una revolución sexual que tras el festival hippie de Woodstock y las comunas en Ibiza convertían el bikini en un símbolo del destape, precisamente con el nombre del atolón donde tuvieron lugar las pruebas atómicas yankis.
Ahora con motivo de la efeméride, sólo faltaría recobrar el entusiasmo febril de aquellos momentos y que la luna vuelva a ser objeto poético sin sobredosis posmodernas. Hay un texto buenísimo del poeta canario Pedro Flores que precisamente trata sobre el primer poeta que alcance a visitar el queso extraterrestre. Yo me conformo con volver a mirar al cielo y poder recuperar la congoja misteriosa de nuestra infancia con pesadillas de licántropos posesos y aquelarres de brujas en el monte. No es pedir mucho, tan sólo revivir el embrujo de una luna pasada al rente por la fina navaja de Buñuel. |
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