Hoy tengo ganas de hacer un memorándum iniciático sobre mi agarrada con la literatura.
Hace tiempo ya que publiqué mi primer libro, era de autoría compartida por las protestas estudiantiles, los años en que te subes al pupitre y sales ganando, o los años en que te callas y te pierdes para siempre.
Fue un libro urdido para no dejar huecos al silencio, para que nuestra generación no se quedase encogida por otras leyes que transmutaban en piedra el cambio de siglo, con todas sus promesas en una factoría de ideales desinflados por los campus “De Guajara a Tafira”. ¡Cuántas veces me fugué de clase!, durante años frenéticos pegando carteles hasta que se te caen los dientes, por jalar del precinto con la boca y sin tijeras, a palo seco entre los pasillos con gente anónima, las manifestaciones improvisadas y las actividades culturales, las asambleas abiertas y los tejemanejes de la política universitaria, de nada me arrepiento y por todo volvería a fugarme de clase, todo sea por la causa, el sacrificio personal es poco, nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios para el cambio de mentalidades y la transformación del sistema educativo, que es por donde nos aprietan los tornillos en la cabeza, para la fabricación de sujetos homologados al sistema, donde nos inculcan desde chinijos las mentiras rancias del reino de este mundo.
Luego, con el alejamiento estratégico de las aulas, volcado en el tajo asalariado, vendría otro libro más, autogestionado y sin las subvenciones acalladoras, ingeniado con unos poemas precoces, que volvería a desandar para hacerlos más profundos y radicales, acompañados en su génesis por unos dibujos paradigmáticos.
Ahí quedó la “Última postal desde canarias”- las trabajadoras de una librería en Las Palmas lo llaman el libro de las grúas por su elocuente portada-, lo encuentran si miran con atención, entre las estanterías más escondidas de cualquier sitio donde hemos podido llegar, ¡les gustará!. Este libro es una publicación atrevida y necesaria, ante la urgencia de oponernos al destrozo de las islas, ya está a punto de ser traducido para coger destino hacia Cabo Verde, y de verdad que a medio camino entre un panfleto ecologista y unas décimas sentidas por la memoria de los ancestros, volvería a escribirlo con sudor y sangre, ya que lo que está pasando en las islas es casi peor que de dibujos animados.
Tras el despegue como joven autor, siempre está la ansiedad de que todo vaya lejos con viento a favor, que los libros caminen solos, que se defiendan por ellos mismos- ya que serán de quien los lee-, que tengas un sitio, más que sea, para dejarte ver con tu literatura, con tus propuestas estéticas, no se trata de querer vivir de ello, sino de vivir con ello, contagiar a los autores noveles para que saquen a la luz pública sus obras, fomentar en tu ambiente más cercano la poesía crítica, el reconocimiento de nuestras señas de identidad, nuestros pabellones y nuestras fallas, salir de la indefinición literaria y acabar con las aristocracias renombradas, la primacía acomodaticia de lo “popes”, la medra generacional de lo otro posible, vamos a dejarlo aquí: asamblear la cultura canaria.
Encontrado el remanso temporal para focalizar los retazos de una obra propia- que sea modesta, que tenga cosas importantes que decir a la gente-, ya consciente de las dificultades añadidas, ya quemado de los silenciamientos ideológicos, los prejuicios sin fundamento y todos esos factores que amputan la creatividad y amordazan los temas recurrentes en las islas para llevar el mercado editorial hacia la mercancía pastiche y lo políticamente correcto, nos damos cuenta de que ahí fuera, el ambiente es hostil, desengaña y desangra la espontaneidad del joven autor.
Por ello, no hubo mejor iniciativa que sacar adelante junto con algunos amigos poetas, músicos y pintores, el colectivo de artes y letras, que ha servido de espacio de encuentro, para desarrollar actividades conjuntas y fomentar la libre creatividad entre la juventud isleña.
Y es que, en las islas, no hay apoyos naturales para la literatura, la distribución de libros siempre está filtrada por los porcentajes económicos, las librerías están saturadas de novedades foráneas con apellidos compuestos, y eso no es que sea malo o injusto, sino que obstruye la ebullición de la cultura vernácula. La literatura canaria anda cuesta abajo y sin frenos, carente de oportunidades, desinflada en su trayectoria histórica, ni siquiera se estudia con profundidad en la universidad, es sencillamente una asignatura optativa, y eso que las letras de un pueblo lo dicen todo de ese pueblo.
Así que todo lo que hagas, pasará inadvertido, las fichas de la partida de ajedrez las mueven otros, colocados y acomodados, el joven autor tendrá frente a sí los desaires escandalosos de quienes mueven el cotarro en las instituciones culturales, sin los esplendores de un currículo de obras presentadas en El Corte Inglés ya te puedes quedar en tu casa, a las propuestas recibirá el joven autor la estratagema del silencio por respuesta, el típico ninguneo por decline de la autoridad electa, ocupada en su berenjenal burocrático de agendas justificadoras de su nómina.
Esta es mi experiencia, aunque también los hay que se regodean en la subvención, dependiendo de ella y publicando dando las gracias hacia ella, es cierto que es dinero público y mejor que para libros no hay nada, pero esta filosofía pragmática llevada a metodología, hace de la literatura prácticamente una cuestión devaluada a la medida de las iniciativas sin ánimo de lucro, y lo digo por que aún detestando la filantropía apaga fuegos de las típicas ongs, quien juega con el sistema se vuelve parte de él, y el ideal de libertad de expresión y literatura como compromiso se esfuma, y ahí están los logotipos del gobierno autonómico con sus perritos luciendo en las contraportadas de los libros ganadores.
Aquí reina lo insípido, no hay apenas comunicación entre las islas, y el pésimo parangón de la literatura no es por falta de calidad (no tengo licencia de crítico profesional), sino por la inconsistencia generalizada, la distancia abismal entre una ficción banal, enlatada en moldes globalizados, y la realidad pura y dura, que no encuentra respuestas de cambio, proposiciones genuinas o alternativas vitales, sino la evasión de moralejas individualistas y los escapismos posmodernos, tan en boga de una literatura filtrada por los certámenes y las editoriales infladas con los aires de una pútrida vanguardia ensalzada por las subvenciones.
Todo lo más, los índices de lectura van a la baja, hay mucha gente buena sacando libros canarios, tanto autores consagrados de los 70, como autores de nuevo cuño que se van ganando un sitio en la calle, innovando y dialogando, pero convendrán conmigo en que se multiplica cada vez más el gran desconocimiento de la literatura canaria, lamentablemente subvencionada hasta la médula por entidades bancarias, aunque se inventen las instituciones un día al año y en las ferias del libro los estantes con la etiqueta de “temas canarios” tengan un lugar diferenciado, como los de animales, bricolaje y dietéticas de la alimentación.
Una literatura viva, bajo mi punto de vista, se echa al terrero de la sociedad, pugna por ganarse un sitio de preferencia, la juventud bebe de ella y nuestros mayores asienten por ver escrito lo que ellos vieron.
Ya está bien por ahora.
|
|